colapso1Nuevo proyecto genocida de Israel

Desde finales de 2024, Gaza está siendo sometida a una transformación que desafía los marcos tradicionales de la guerra y la ocupación. Lo que se está llevando a cabo no es una mera conquista militar, sino una desintegración proyectada: una en la que Israel está labrando activamente el colapso de Gaza mediante la concesión de poder a grupos paramilitares delictivos, la fragmentación de las autoridades y el desmantelamiento de todos y cada uno de los pilares de la infraestructura social palestina.

Al conferir poder a las bandas y convertir las provisiones de ayuda en un arma, Netanyahu busca fragmentar la Franja de Gaza en feudos enfrentados y dejar que reine el caos.

En el centro de dicha desintegración se encuentra Yasser Abu Shabab, oriundo de Rafah de 32 años y ascendencia beduina. Tras haber sido encarcelado por Hamás acusado de narcotráfico, Abu Shabab lidera ahora las “Fuerzas Populares” (al-Quwat al-Shaabiya), un grupo paramilitar que opera con abierto respaldo israelí en Rafah, en el sur de la Franja de Gaza. Públicamente, da a entender que vela por el orden y protege la ayuda humanitaria; en realidad, es la piedra angular de una guerra subsidiaria para reemplazar el Gobierno por el caudillismo y la coacción de clanes.

El ascenso de Abu Shabab no es casual. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu reconoce haber “activado poderosos clanes en Gaza” para hacer frente a Hamás, lo que corrobora el exministro de Defensa, el derechista Avigdor Lieberman. Asimismo, investigaciones periodísticas muestran al grupo paramilitar operando en zonas controladas por Israel, armados con AK-47 incautadas a Hamás y redistribuidas con la aprobación del gabinete de seguridad israelí.

Otra pieza crucial de esta estrategia apareció en marzo con la Gaza Humanitarian Foundation (GHF), un consorcio de ayuda privatizado que cuenta con el respaldo de Estados Unidos y presume de haber sido concebido para puentear a Hamás en la provisión de ayuda. En su lugar, se ha convertido en un instrumento de control que envía los suministros humanitarios a través de grupos paramilitares como el de Abu Shabab y termina condicionando el acceso a los mismos a un registro biométrico y al escrutinio político.

La credibilidad de la GHF no tardó en desplomarse. A los pocos días de iniciar las operaciones, su CEO dimitió aduciendo vulneraciones de principios humanitarios, mientras que una ONG suiza pedía a las autoridades investigar a la organización. Los críticos dentro del Gobierno israelí acusaban a la GHF de ser un frente del Mossad, y Lieberman, ministro de Exteriores y Defensa, condenó “el despilfarro de cientos de millones de dólares [de los contribuyentes israelíes]”.

colapso2Sobre el terreno, los puntos de distribución de ayuda de la GHF parecían campos de concentración: civiles famélicos cercados al otro lado de unas barricadas, bajo un sol abrasador y vigilados por contratistas armados y con uniforme de combate estadounidense. En medio de todo aquello se erguía Abu Shabab, ataviado con un radiante uniforme de servicio y flanqueado por banderolas de propaganda que pregonaban su nueva “fuerza antiterrorista”. Sus canales en redes sociales, ahora en árabe e inglés, definen al grupo como “la voz de la verdad contra el terrorismo por una patria segura”.

La lección del papel de Abu Shabab en la GHF está clara: el objetivo de Israel no es gobernar Gaza, ni siquiera eliminar a Hamás, sino simplemente asegurarse de que nadie toma el mando. Al fragmentar el territorio en feudos enfrentados controlados por clanes hambrientos de poder y bandas de delincuentes, Israel desmantela la posibilidad de una resistencia política unificada a su genocidio. Y no menos importante: el resultado de la desintegración social de Gaza sería, además, inhibir cualquier posibilidad de un futuro palestino en el enclave, lo que llevaría a más gazatíes a marcharse.

“Estamos entregando armamento a criminales y delincuentes”

Los intentos de Israel de apoyarse en colaboradores locales no son algo nuevo. Durante más de un siglo, las autoridades sionistas, primero, y las israelíes, después, han forjado alianzas con grupos periféricos, desde comunidades drusas y tribus beduinas hasta las “ligas de los pueblos” de Cisjordania en los años ochenta. Desde el principio, el objetivo ha sido la parálisis, en vez de la estabilidad a largo plazo, y así sigue siendo a día de hoy: una Gaza fragmentada y controlada por caudillos no puede resistir, reconstruirse ni exigir justicia.

Ahora, la brutalidad de esta estrategia en Gaza se ve agravada por el asedio y el hambre. “En noviembre de 2024, la ingesta diaria media de los gazatíes ya se había desplomado hasta entre 187 y 454 gramos por persona –informa un cooperante de la IHH Humanitarian Relief Foundation, una organización de ayuda turca, a +972–. Aquello ya era una catástrofe. Ahora, la crisis es todavía peor: las panaderías están cerrando por falta de harina, que se vende hoy a 1.500 séqueles [365€] el saco de 25 kilos”.

Las autoridades israelíes aseguran que permiten la entrada de “una cantidad básica de alimento” para evitar la hambruna. El cooperante de la IHH niega esta afirmación rotundamente: “No tratan de evitar la hambruna –declara–. Tratan de mantener a la gente con la vida justa [y que no tengan capacidad] para resistir”.

El sufrimiento de los gazatíes, continúa diciendo, se ve agravado por los ataques deliberados a la infraestructura humanitaria. Desde octubre de 2023, Israel ha asesinado a más de 1.513 cooperantes, según declaraciones de la Oficina de Prensa del Gobierno de Gaza, en abril de 2025. En mayo de 2025, un punto de distribución conjunta de la IHH y el Programa Mundial de Alimentos fue bombardeado, y murieron cinco miembros del equipo. “Habíamos informado de la ubicación con anterioridad mediante los canales adecuados –afirma–. No sirvió de nada”.

Los bombardeos aéreos no son la única herramienta que usa Israel para exacerbar la catástrofe humanitaria en Gaza. La extorsión forma ahora parte integral del sistema. “Tenemos camiones de ayuda esperando en la frontera cuya entrada, en teoría, está aprobada por Israel. Pero cuando intentamos moverlos, nos los bloquean –explica el cooperante de la IHH–. Los contrabandistas del grupo de Abu Shabab piden 45.000 séqueles [11.000€] por camión para dejarlos pasar”.

Una fuente de la Unidad Flecha, un cuerpo de seguridad que opera bajo el mando del Ministerio de Interior de Hamás en Gaza y está encargado de proteger los convoyes de ayuda humanitaria, también declara que “el robo de ayuda se comete al amparo de las fuerzas israelíes” y no es obra de delincuentes solitarios. “Hemos visto a bandas operar abiertamente en zonas que patrulla Israel, interceptando la ayuda para venderla a precios astronómicos en el mercado negro”, señala.

El norte de Gaza lleva sin recibir ayuda desde el 18 de marzo

El agente, que se identifica como K. H., añade que “el norte de Gaza lleva sin recibir ayuda desde el 18 de marzo. Y ni siquiera los suministros que llegan al sur son suficientes para cubrir las necesidades de la población”.

La Unidad Flecha, creada en marzo de 2024 para coordinarse con las organizaciones humanitarias locales y familias influyentes, y garantizar así la seguridad en el reparto de ayuda, denuncia que se enfrentan a ataques de las fuerzas israelíes cuando intentan intervenir en operaciones de saqueo lideradas por bandas. En términos más generales, según la Oficina de Prensa del Gobierno en Gaza, 754 agentes de policía palestinos y miembros del personal de seguridad en el reparto de ayuda han sido asesinados en Gaza desde el comienzo de la guerra.

A pesar de las reiteradas acusaciones israelíes de que Hamás desvía o roba ayuda, no se ha presentado ninguna prueba creíble a los organismos de ayuda humanitaria ni a los países donantes. Sin embargo, algunos críticos de Hamás en Gaza han expresado su preocupación por que ciertos grupúsculos dentro de la organización pudieran estar sacando beneficio de la distribución de la ayuda o interfiriendo en la misma. Estas declaraciones siguen siendo anecdóticas y no han sido confirmadas por fuentes independientes.

Agencias de la ONU e investigaciones de The Washington Post y Haaretz han documentado robos perpetrados por bandas de delincuentes bajo vigilancia israelí

En cambio, agencias de la ONU e investigaciones de The Washington Post y Haaretz han documentado robos perpetrados por bandas de delincuentes bajo vigilancia israelí. Es más, reportajes en medios israelíes basados en documentos internos del ejército enumeran 110 casos de saqueo de las ayudas, ninguno de los cuales fue cometido por Hamás, sino por “bandas armadas y clanes organizados”. Se trata de los mismos grupos que se ha demostrado que operan bajo la protección del ejército israelí en las denominadas “zonas de muerte”, áreas en las que se dispara incluso a civiles palestinos desarmados sin previo aviso.

Para entender bien el caos que se ha adueñado de Gaza en las últimas semanas, incluidas las reiteradas masacres de civiles palestinos en puntos de ayuda de la GHF, es importante ver la generalización de saqueos de ayuda humanitaria como lo que es: el resultado de deliberadas políticas israelíes. “Estamos entregando armamento a criminales y delincuentes”, así lo revelaba hace poco M. K. Lieberman.

Una guerra subsidiaria aprobada por el Estado

Más inquietante todavía es que haya surgido una red que vincula a los Emiratos Árabes Unidos, la inteligencia israelí y algunos de los cabecillas de peor reputación de las bandas de Gaza, entre ellos Abu Shabab y sus socios más cercanos, Ghassan al-Duhine, Bakr al-Wakeely y Essam Soliman Nabahin, exintegrante de Estado Islámico que reapareció en Rafah bajo protección israelí.

colapso3Nabahin estuvo implicado, en 2015, en una investigación de Hamás sobre bombardeos dirigidos a comandantes de las Brigadas Qassam antes de huir al Sinaí, donde participó con insurgentes de Estado Islámico en ataques contra civiles y fuerzas egipcias. Su nombre reapareció en un informe de 2017 sobre reclutamientos de palestinos por parte de Estado Islámico en Sinaí del Norte. Aunque muchos colaboradores murieron en operaciones conjuntas de Hamás y Egipto, Nabahin se libró de ser capturado y volvió a aparecer en el campo de refugiados de Nuseirat, en Gaza, a mediados de 2023, donde mató a un agente de policía en un intento de arresto. Lo condenaron a muerte, pero escapó durante el asalto de Israel tras el 7 de octubre y reapareció en Rafah como miembro armado del grupo paramilitar de Abu Shabab, que se coordina abiertamente con las fuerzas israelíes.

El papel de los EAU queda más claro con Ghassan al-Duhine, segundo de Abu Shabab, al que se ve en un vídeo posando con una pickup Isuzu saqueada con matrícula de Sarja. El uso de vehículos registrados en los EAU en los saqueos de las ayudas plantea cuestiones urgentes acerca de la complicidad emiratí en el objetivo de convertir el acceso humanitario a Gaza en un arma.

Según consta, en 2019, Hamás arrestó a un presunto colaborador de la agencia de inteligencia israelí Shin Bet que confesó que Israel le había ordenado infiltrarse en grupos yihadistas del Sinaí. De ser verdad, dichos informes cobran ahora un nuevo sentido: estos actores no son delincuentes solitarios, sino piezas de una guerra subsidiaria aprobada por el Estado, en la que Israel recoloca a integrantes de Estado Islámico, asesinos y traficantes de drogas para desmantelar la sociedad palestina.

A pesar del revuelo, la protección israelí del grupo paramilitar de Abu Shabab, vinculado al Estado Islámico, sigue siendo férrea. Cuando se destapó el escándalo, Netanyahu dobló la apuesta y defendió la política: “¿Qué tiene de malo? Lo único que hace es salvar las vidas de los soldados de las FDI”. Pero la legitimidad que se había creado Abu Shabab ha empezado a desmoronarse, incluso dentro de su propia comunidad. Su clan beduino en Rafah emitió un comunicado excepcional en el que lo denunciaba, y algunos de sus parientes llegaban incluso a pedir su muerte. Las autoridades de facto en Gaza tildan sus fuerzas de traidoras y los enfrentamientos han escalado. Desde enero de 2025, al menos cincuenta de sus combatientes han muerto en choques entre distintas facciones, a menudo a causa de cargamentos de ayuda saqueados.

Atrapados en el fuego cruzado

Un caso reciente ha dejado aún más al descubierto los detalles de la desintegración social en Gaza. El 11 de junio, la GHF informó de que un autobús que transportaba a su equipo local había sufrido una emboscada en la que al menos cinco cooperantes habían muerto y otros tantos habían sido heridos o posiblemente secuestrados. La fundación atribuyó el ataque a Hamás, que a su vez negó toda implicación y acusó a las víctimas de formar parte de un grupo paramilitar respaldado por Israel.

El mismo día, el grupo paramilitar de Abu Shabab mató a seis agentes de la Unidad Flecha y las fuerzas israelíes asesinaron al menos a sesenta palestinos en Gaza, según las autoridades sanitarias locales, casi dos tercios de ellos, al parecer, mientras trataban de alcanzar los puntos de distribución de alimentos de la GHF. La magnitud de la violencia y el momento elegido para ejercerla destacan las condiciones cada vez más letales que han de sortear los civiles por una supervivencia básica.

Los corredores de ayuda humanitaria se han convertido en campos de batalla

Estos incidentes, así como otros tiroteos mortales en puntos de distribución de alimentos, reflejan un patrón inquietante: la erosión acelerada del orden público, en el que los esfuerzos humanitarios se ven envueltos en violencia cada vez con mayor frecuencia. Por desgracia, muchos de estos conflictos enfrentan ahora a los palestinos entre sí: vecinos, parientes y otrora aliados divididos por el miedo, la escasez y la manipulación política. Los corredores de ayuda humanitaria se han convertido en campos de batalla, alegoría no solo del colapso de los sistemas humanitarios, sino también de la desintegración más profunda del tejido social en Gaza.

Con Hamás y la Autoridad Palestina considerablemente debilitados, y la sociedad civil en ruinas, la autonomía palestina parece estar más lejos que nunca. A medida que Palestina se transforma en un Estado fallido, su pueblo tiene que afrontar tan peligroso momento muerto de hambre, hecho añicos y totalmente solo. En este vacío de solidaridad y ayuda, la población se enfrenta a la devastación, abandonada, sin nada más que su voluntad para sobrevivir.

NOTAS:

(*) “Israel proyecta el colapso social de Gaza“, 2025-06-18, CTXT, autor: Mahmoud Mushtaha. Este artículo fue publicado originalmente en +972 Magazine. Traducción de Ana González Hortelano (LINK)

IMAGENES:

(*) Gaza (Abed Rahim Khatib/Flash90)

(PUBLICACIÓN BASKULTUR.INFO 2025-06-18)

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